Familia: camino de la Iglesia


El matrimonio y la familia en el magisterio de Juan Pablo II: Algunas consideraciones

Introducción:

Dado el tema que se me ha propuesto para desarrollar por una parte y por otra el extenso magisterio de Juan Pablo II nos concentraremos solo en algunos de sus documentos que nos permitan indagar en alguna de las claves teológicas que hacen a la compresión del matrimonio y la familia.
Las fuentes que tomaremos serán la exhortación apostólica Familiaris Consortio, las Catequesis sobre el amor humano que se desarrollaron entre los años 1979 y 1984, la Carta Apostólica Mulieris Dignitatem y la Carta a las Familias.

La familia - camino de la Iglesia

El Magisterio de Juan Pablo II nos propone, en un modo provocativo, considerar “La familia - camino de la Iglesia.” Así es como comienza la carta a las familias. Pareciera ser esta afirmación un  punto importante y original de su pensamiento magisterial.
Ahora bien ¿cómo entender este enunciado? Es cierto que la pastoral familiar debe ser prioritaria dentro de la obra de la evangelización de la Iglesia, como lo han demostrado las distintas conferencias que en estos días hemos asistido. Pero la pregunta es ¿Por qué? ¿Por que la familia está en crisis o por que ella misma ocupa un lugar prioritario en sí misma con un fundamento teológico preciso?

La afirmación “La familia - camino de la Iglesia” tiene por objeto poner en evidencia la misión que la familia tiene en la autorevelación del Padre en el Hijo en el seno de la Iglesia, entendida esta como sacramento universal de salvación.
En efecto dice el Papa, “si Cristo revela plenamente al hombre el hombre lo hace comenzando desde la familia en la cual ha elegido nacer y crecer.” No es un elemento accidental el hecho de que Nuestro Señor se haya encarnado en el seno de una familia. Su presencia en ella revela que la familia está llamada, a su modo, a ser una “revelación” de la presencia de Cristo en el mundo. Es más el Santo Padre interpreta la obediencia de Jesús a sus padres como la misma obediencia al Padre que lo lleva a la muerte y mediante la cual ha redimido al mundo . La única obediencia salvadora de Cristo está ya presente en la familia de Nazaret  y de ahora en más en toda familia cristiana. Por ello es que dirá más adelante que “no se puede, pues, comprender a la Iglesia como cuerpo místico de Cristo, como signo de la alianza del hombre con Dios en Cristo, como sacramento universal de salvación, sin hacer referencia al «gran misterio», unido a la creación del hombre varón y mujer, y a su vocación para el amor conyugal, a la paternidad y a la maternidad. No existe el «gran misterio», que es la Iglesia y la humanidad en Cristo, sin el «gran misterio» expresado en el ser «una sola carne» (cf. Gn 2, 24; Ef 5, 31-32), es decir, en la realidad del matrimonio y de la familia. La familia misma es el gran misterio de Dios.” De la misma manera que la transustanciación del pan en el cuerpo de Cristo nos revela que el fin último del pan es estar llamado a ser el cuerpo de Cristo, la presencia de Cristo en el seno de la familia la revela como un ámbito santificado y santificador, es decir de unión con Dios. Por ello es que cada Iglesia particular se revela como esposa de Cristo en el amor conyugal, en el amor paterno y materno, en el amor fraterno, en el amor de una comunidad de personas y de generaciones . En otros términos cada Iglesia particular se descubre amada y llamada por Cristo a amarlo en el amor de la familia en sus diferentes dimensiones.
De este modo el magisterio de Juan Pablo II pareciera ser que supera sin cancelar la concepción de la familia como el lugar donde la Iglesia crece en la procreación y educación humana y religiosa de sus miembros y le otorga ahora un alcance mucho más amplio e importante en el seno mismo de toda la Iglesia y en su obra evangelizadora. En otros términos, la familia recuerda a los creyentes, sean sacerdotes, casados o consagrados y a todos los no creyentes, el amor de Dios ofrecido al Padre en la Cruz.
Tal vez sea demasiado apresurado querer sacar conclusiones en este momento, pero sí podemos decir que la importancia de la familia como tal va más allá de ser la célula básica de la sociedad sino que además contribuye a que los otros miembros de la Iglesia vivan en plenitud su propia vocación y que aquellos que aún no conocen a Cristo lo puedan ver reflejado y experimentarlo en el amor familiar.
Podemos decir que todas estas afirmaciones de la carta a las familias han sido como preparadas en las catequesis sobre el amor humano. En ellas leemos, a propósito de la sacramentalidad del matrimonio en el contexto de la carta a los efesios 5,22-33: “…hay que decir que la sacramentalidad de la Iglesia permanece en una relación particular con el matrimonio: el sacramento más antiguo.”
La Iglesia como sacramento universal de salvación es el signo eficaz de la presencia salvadora de Cristo entre los hombres. Es un evento de gracia, por la eficacia de sus sacramentos y, por lo tanto, de conversión de los hombres a Dios. Esta sacramentalidad de la Iglesia el magisterio pontificio la relaciona inmediatamente con el sacramento del matrimonio como si el matrimonio, en tanto sacramento, fuese el rostro primordial de esa sacramentalidad de la Iglesia que la hace salvadora. En efecto la analogía del amor nupcial nos permite comprender en cierto modo el misterio del amor de Cristo esposo por la Iglesia esposa, a la vez que parece poner de relieve la importancia del don de sí mismo por parte de Dios al hombre elegido desde los siglos en Cristo, don total e irrevocable . La Carta a los Efesios 5, 22-33 al presentar la relación de Cristo con la Iglesia a imagen de la unión nupcial del marido y de la mujer, habla no solo de la realización del eterno misterio divino, sino también del modo en que ese misterio se ha expresado en el orden visible , es decir a través del amor humano.

 

El matrimonio como sacramento primordial y la familia como camino de la Iglesia.

La razón de estas afirmaciones se fundamenta en el hecho de que “el hombre aparece en el mundo visible como la expresión del don divino, porque lleva en sí la dimensión interior del don. Y con ella trae al mundo su particular semejanza con Dios…” Esta misma idea la desarrollará luego más extensamente en el documento Mulieris dignitatem del año 1988: “El hecho de que el ser humano, creado como hombre y mujer, sea imagen de Dios no significa solamente que cada uno de ellos individualmente es semejante a Dios como ser racional y libre; significa además que el hombre y la mujer, creados como «unidad de los dos» en su común humanidad, están llamados a vivir una comunión de amor y, de este modo, reflejar en el mundo la comunión de amor que se da en Dios, por la que las tres Personas se aman en el íntimo misterio de la única vida divina. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo -un solo Dios en la unidad de la divinidad- existen como personas por las inescrutables relaciones divinas. Solamente así se hace comprensible la verdad de que Dios en sí mismo es amor (cf. 1 Jn 4, 16).” De este modo se incluye dentro de la Imago Dei la corporalidad como parte de la subjetividad de la persona, en virtud de la unión substancial entre cuerpo y espíritu. Este hecho le confiere al cuerpo un significado denominado esponsalicio, esto es “la capacidad de expresar el amor: ese amor precisamente en el que el hombre – persona se convierte en don y –mediante ese don- realizar el sentido mismo de su ser y existir.” Se concluye que si el misterio de Dios es amor, el hombre en tanto creado a imagen y semejanza de Dios manifiesta en su corporalidad sexuada su vocación al amor a la vez que revelan el origen trinitario de todo hombre, es decir su ser Imago Trinitas. Este concepto lo trata el magisterio pontificio a través de la noción «unidad de los dos», ya presentes en las catequesis sobre el amor humano y que es ahora retomada en la carta a las familias: “Esta formulación, particularmente rica de contenido, confirma ante todo lo que determina la identidad íntima de cada hombre y de cada mujer. Esta identidad consiste en la capacidad de vivir en la verdad y en el amor; más aún, consiste en la necesidad de verdad y de amor como dimensión constitutiva de la vida de la persona. Tal necesidad de verdad y de amor abre al hombre tanto a Dios como a las criaturas. Lo abre a las demás personas, a la vida «en comunión», particularmente al matrimonio y a la familia.”
Finalmente el carácter esponsal del cuerpo alcanza su plena expresión en la paternidad y la maternidad, dice en efecto el Papa: “El hombre como varón y mujer, están en el umbral de la conciencia del significado generador del propio cuerpo: la masculinidad encierra en sí el significado de la paternidad, y la femineidad el de la maternidad.” De este modo “la paternidad y la maternidad humana, no obstante siendo semejante a la de otros seres vivientes tiene en sí y en modo esencial y exclusivo una semejanza con Dios, sobre la cual se funda la familia entendida como comunidad de vida humana, como comunidad de personas unidas en el amor (communio personarum)” Podemos decir que la sexualidad humana se liga en virtud de la Imago Dei misteriosamente pero no casualmente, a la fecundidad misma de la vida trinitaria, de manera que la Trinidad con mayúscula viene a corresponder, aunque sea dentro de una abismal desemejanza, con  una trinidad con minúscula .

Con estos conceptos se pasa a elaborar la concepción del matrimonio como sacramento primordial, es decir como la dimensión de lo humano que, ya desde los orígenes de la creación y en el estado de la inocencia originaria del hombre creado, transmite eficazmente en el mundo visible el misterio escondido en Dios desde la eternidad .
“Sin embargo es sabido que la heredad de la gracia fue rechazada por el corazón humano en el momento de la ruptura de la primera alianza con el Creador.” Sin embargo esto no hizo que el matrimonio dejara de ser figura de aquel sacramento, del que habla la Carta a los Efesios. “Cuando el autor, en el versículo 31, hace refe­rencia a las palabras de la institución del matrimo­nio, contenidas en el Génesis (2, 24: «Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne»), e inmediata­mente después declara: «Gran misterio es éste, pero yo lo aplico a Cristo y a la Iglesia» (Ef 5, 32), parece indicar no solo la identidad del misterio escondido desde los siglos en Dios, sino también la continui­dad de su realización, que existe entre el sacramen­to primordial vinculado con la gratificación sobre­natural del hombre en la creación misma y la nueva gratificación, que tuvo lugar cuando «Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, para santificarla...» (Ef 5, 25‑26), gratificación que puede ser definida en su conjunto como sacramento de la redención. En este don redentor de sí mismo «por» la Iglesia, se encierra también ‑según el pensamiento paulino‑ el don de sí por parte de Cristo la Iglesia, a imagen de la relación nupcial que une al marido y a la mujer en el matrimonio. De este modo el sacramento de la redención reviste, en cierto sentido, la figura y la forma del sacramento primordial.” Esto es del sacramento del matrimonio.

Llegamos así a las razones por los cuales el Magisterio de Juan Pablo II nos propone la potente y provocativa expresión: La familia - camino de la Iglesia.

Conclusiones

Como se señalaba al principio la expresión “La familia - camino de la Iglesia” no hace referencia inmediatamente a una opción pastoral fruto de las dificultades por las que atraviesa la familia, sino que lo que intenta demostrar es el lugar que Dios mismo le ha dado en la economía de la salvación en su relación con el misterio de la redención. Ciertamente que esto se deberá traducir en un segundo momento en una mayor atención pastoral a las familias.
En segundo lugar y desde el punto de vista de la reflexión teológico sacramental me parece que deberíamos pensar los sacramentos desde una clave esponsal. En efecto si la familia es el sacramento primordial en el que se revela Dios al hombre contemporáneo y los sacramentos hacen presente a Cristo entonces la pregunta es: ¿como se relacionan ambas categorías?


Juan Pablo II, Carta a las familias, n° 2

Cf. Juan Pablo II, Carta a las familias, n° 2

Juan Pablo II, Carta a las familias, n° 19

Juan Pablo II, Carta a las familias, n° 10

Esta dimensión de la familia en su relación con la Iglesia ya la había tratado en la exhortación Familiaris Consortio y viene expresada en toda la tercera parte de la exhortación.

Juan Pablo II, Hombre y mujer lo creó, Madrid – 2000, Cristiandad, 505

Cf. Juan Pablo II, Hombre y mujer lo creó, Madrid – 2000, Cristiandad, 516

Cf. Juan Pablo II, Hombre y mujer lo creó, Madrid – 2000, Cristiandad, 519

Juan Pablo II, Hombre y mujer lo creó, Madrid – 2000, Cristiandad, 520

“Quod homo, creatus uti vir et mulier, imago est Dei, non significat tantummodo quemvis eorum singillatim esse similem Deo, utpote ratione praeditum et liberum; significat etiam virum et mulierem, uti unitatem duorum creatos in communi humana natura, vocatos esse ad vivendum in amoris communione sicque ad indicandam communionem amoris, quae in Deo est, cuius virtute tres Personae amant inter se in intimo unicae vitae divinae mysterio. Pater, Filius et Spiritus Sanctus, unus Deus ob divinitatis unitatem, personae sunt propter divinas inscrutabiles relationes. Hoc solo modo comprehensibilis fit veritas Deum esse amorem in se ipso (cf. 1 Io 4,16)” Joannes Paulus pp II., Mulieris dignitatem, n° 7 en AAS, v. 80, (1988), 1665.

Juan Pablo II, Hombre y mujer lo creó, Madrid – 2000, Cristiandad, 124

Juan Pablo II, Carta a las familias, n° 8

Juan Pablo II, Hombre y mujer lo creó, Madrid – 2000, Cristiandad, 160

Juan Pablo II, Carta a las familias, n° 6

Cf. A. Scola, Identidad y diferencia. La relación hombre- mujer, Madrid – 1989, Encuentro, 94s.

Cf. Juan Pablo II, Hombre y mujer lo creó, Madrid – 2000, Cristiandad, 520

Cf. Juan Pablo II, Hombre y mujer lo creó, Madrid – 2000, Cristiandad, 525

Juan Pablo II, Hombre y mujer lo creó, Madrid – 2000, Cristiandad, 526

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