La belleza de la sexualidad y la estructura dramática de la moral sexual


La belleza de la sexualidad y la estructura dramática de la moral sexual

(Comunicación presentada al congreso sobre La mujer en el magisterio de Juan Pablo II organizado por la Universidad Católica Argentina en el año 2005)

Una de las cosas difíciles de definir es precisamente la belleza pero ello no significa en absoluto que no tengamos experiencia de ello y mucho menos que nos esté vedado intentar aproximarnos a un concepto sobre ello. Por otro lado la moral sexual toma su inicio a partir de un encuentro con la belleza que se transmite como don y promesa de algo mucho más grande. Es la expresión de Adán frente al encuentro de Eva: “Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Gn 2, 23) El despertarse de Adán es realiza en el encuentro con la belleza del cuerpo de Eva; belleza que lo eleva más allá de sí mismo1 abriéndolo a la experiencia del bien, de lo bueno, y en definitiva, a Dios2 . En un sentido más general escribe el Papa Juan Pablo II; “la belleza es la clave del misterio y una llamada a lo trascendente.”3 La belleza transfigura la materia abriendo las almas al sentido de lo eterno4 .

Pero ¿qué significa propiamente la belleza corporal? ¿por qué puede elevar a la persona? ¿qué promesa encierra? La belleza corporal posee algo de sensible; pero, al mismo tiempo, se sustrae a una objetivación precisa. Esta dificultad de determinación positiva depende probablemente del hecho de que, cuando experimentamos una belleza sensible, somos transportados a algo que no está en absoluto presente, ni fácil de encontrar. Lo que nos conmueve no es tanto una satisfacción, sino más bien la llamada de algo que se espera. El objeto de nuestra atención no es un cumplimiento, sino una promesa; por ello, lo bello no es tanto algo que se realiza, sino más bien algo que promete5 .
Algo es bello en virtud de aquello que lo trasciende y que se refleja en él. El cuerpo es bello porque precisamente refleja a la persona, hecha a imagen y semejanza de Dios y, por lo tanto, en cuanto es bello deja traslucir y promete la eternidad 6 .
En cuanto bello, el cuerpo, llama al otro cuerpo a amar y a conocer su ser verdadero y bueno; en última instancia lo llama a la trascendencia y se la promete. De este modo, uno donando al otro su propio cuerpo, le dona también la esperanza de la trascendencia. Esta es la razón por la cual el cuerpo, convertido en una promesa de la trascendencia, promete más de aquello que en sí mismo puede dar7 y por ello todo intento de posesión, objetivación, racionalización o consumo corporal terminan por destruir la intrínseca belleza que conlleva el cuerpo, reduciéndola a un elemento meramente sensible. La belleza del cuerpo no se la puede aferrar, medir y hacerla intervenir en un concurso. Cuando esto sucede desaparece también el valor absoluto de persona. Quien busca atrapar la trascendencia en la belleza del cuerpo termina perdiendo tanto una como otra.
La admiración frente a la belleza corporal y el deseo de unión con la trascendencia, que se descubre en el encuentro con el otro sexo en su cuerpo, constituyen los elementos que caracteriza el amor erótico. “El amor erótico es algo afín al rapto y al éxtasis del poeta, y sobre todo, del músico: un ser transportado fuera de la normalidad de la experiencia cotidiana. Como testimonia la común experiencia, esta afinidad se presenta en lo que nosotros llamamos enamoramiento.”8 Este fenómeno se presenta como un intermediario, como una fuerza mediadora, entre la esfera divina y la humana9 . Los enamorados, y sólo ellos, ven en su amor un Amor que los trasciende y hacia el cual se sienten llamados; descubren una vocación.
Los enamorados la van realizando paulatinamente esta vocación al amor humano, en el tiempo y en el espacio, al integrar la esfera erótica del amor en el orden de la razón, es decir, a través del ágape o cáritas, a través de ella las persona se respetan en la belleza de sus cuerpos y se van uniendo realmente al Absoluto.
Si esto no fuera así, querría decir que el eros sería una pura máscara que oculta un deseo egoísta, que mira sólo a satisfacer una necesidad instintiva10 . Por ello cuando el eros se separa del amor, el egoísmo termina por aniquilar aquello que el eros prometía, reduciendo lo sexual a una mera yuxtaposición de personas, donde pueden tener la impresión, por un instante, de experimentar una verdadera comunión, pero que en realidad los aleja más uno del otro11 .
Si el amante, en la belleza de su cuerpo, es la mediación que hace presente lo trascendente en el amado, originando así una promesa que da lugar al deseo por la comunión, por el encuentro de los dos sexos, esto quiere decir que la estructura del deseo es una estructura dramática. Es decir que sólo a partir de la experiencia del encuentro con el otro distinto de mi puedo captar el significado de mi propio ser, en cuanto varón o mujer.
P. Pablo Zanor.


1.Cf. Grygiel S., o.c., 38.
2.Cf. “La beauté est en un certain sens l’expression visible du bien, de même que le bien est la condition métaphysique du beau.” Jean-Paul II, Lettre aux artistes, n° 3, en AAS, v 91, (1999), 1158.
3.“La beauté est la clé du mystère et elle renvoie à la transcendance.” Ibidem, n° 16.
4.Ibidem, y también N. Berdiaev, “La beauté nous fait pénétrer dans un monde transfiguré, dans un monde différent du nôtre.” Berdiaev N., De l’esclavage et de la liberté de l’homme, Desclee de brouwer, (Paris-1990), 306.
5.Cf. Pieper J., Sull’amore, Morcelliana, (Brescia-1974), 163.
6.Cf. Grygiel S., o.c., 58.
7.Ibidem, 60.
8.Pieper J., o.c., 161.
9.Ibidem, 160.
10.Ibidem, 175-178.
11.Ibidem, 183

 



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