Las edades de la vida


Las edades de la vida
Giuseppe Angelini

 

1. Introducción
Nuestra hipótesis es en vez propiamente esta: la reflexión general sobre la distensión temporal de la vida es condición necesaria para producir una comprensión refleja del tema de la vocación, y por lo tanto  para pensar la identidad humana como fijada por el nombre con el cual Dios nos llama, a través de los signos de los tiempos.
La libertad no puede ser en algún modo comprendida a partir de la categoría de la facultad, fijada, teóricamente, en la naturaleza del hombre; la posibilidad de la libertad, su sentido, y respectivamente su necesidad  - a la libertad, en efecto, le es necesaria que se consienta, para que sea realmente efectiva - se hacen comprensibles únicamente procediendo de la consideración de los tiempos sucesivos de la vida; más precisamente del reconocimiento del hecho que aquellos tiempos configuran progresivamente, para el sujeto, la tarea de decidir para no perder el propio pasado, y por lo tanto, la identidad virtual que aquel pasado indica.
El tentativo más elaborado de repensar la figura global de lo humano, procediendo de la consideración de las sucesión de cada una de las edades, es probablemente, aquella propuesta por E. Erikson; expresamente él conecta la reflexión sobre las diversas edades con la tarea educativa, y más precisamente con la tarea de definir la figura paradigmática de lo humano, que es la figura del adulto; la cultura del novecientos ha dedicado, primero un interés al niño, luego al adolescente; pero la comprensión de estas edades de la vida están destinadas a permanecer incompletas hasta que no nos interesemos de la edad adulta .
El primer significado del fin, o mejor del bien que motiva el obrar, es la misma acción, la cual es primeramente posible gracias a una espontaneidad arcana y portadora de una promesa.
A la luz de esta figura es posible entender como la acción, antes de ser prueba de una voluntad libre, es forma en la cual se articula la interrogación de la realidad con la obra del sujeto.
La distensión temporal de la acción, no puede ser entendida, por lo tanto, como una progresiva aproximación a un fin conocido; debe ser en vez entendida a partir de un esquema dramático. En un primer momento, el sujeto, asistido por su espontaneidad vital, realiza actos que por un lado, propician su acceso a la conciencia de sí y, por el otro, disponen las condiciones necesarias para que el pueda después también desear, y respectivamente deba también querer. En tal sentido la acción espontánea pone el fundamento de la ley moral. La ley es el imperativo impuesto por la fidelidad del sujeto a aquel pasado grato, que le propició la experiencia acontecida. La instancia de la autonomía no debe ser pensada por su relación a un autós que sería, en hipótesis, sujeto determinado en su identidad independientemente de su obrar afectivo, debe ser pensada, en vez por su relación a una identidad que, en primera instancia, asume en su experiencia la figura de una promesa.

 

2. La verdad teologal de cada una de las edades.

Infancia.
La verdad que más cualifica esta edad es la maravilla.
La maravilla está al inicio del conocimiento, como reconocían ya los filósofos clásicos; la verdad de tal afirmación está ilustrada con claridad por un interrogatorio casi obsesivo por parte del niño, “¿qué coso es eso? esto nace del estar maravillado y está al inicio de todo saber. Conocer el mundo no es posible si no procede del estupor grato que suscita la primera experiencia de todas las cosas y de su proximidad. Responder a aquel interrogatorio, por otra parte, y así dar nombre a todas las cosas, sancionando en tal modo el carácter doméstico, comporta que se asuma un compromiso en relación a todas las cosas. Pronunciar la palabra equivale a dar la palabra, y por lo tanto a prometer. En ninguna otra experiencia esto aparece así evidente como en el caso de las plañirás que se dicen a los niños.
Es necesario reconocer, también a propósito de la infancia y de la relación con los padres, un proceso similar a aquel reconocido a propósito de la relación esponsal.

Niñez
La edad de la niñez está todavía caracterizada por el maravillarse, en cierto sentido; se trata en tal caso, todavía, de la maravilla que acompaña el descubrimiento, y más precisamente la actividad tomada de la posesión de lo real; precisamente la correlación evidente ente descubrimiento y exploración dispone las condiciones para la tentación característica de la niñez, a saber, la dispersión. El riesgo de la dispersión es objetivo; pero el remedio para ello debe ser administrado a través de la obra del adulto.

Adolescencia
La adolescencia es la edad de la vida en la cual se manifiesta, con la máxima evidencia, el PROFILO radical de la libertad, aquello más fácilmente ignorado en la práctica de la vida y también por los discursos públicos, no obstante todo lo que se habla de la libertad. Me refiero al PROFILO por el cual la libertad comporta la disposición de sí; exige una elección radical, que es la condición necesaria para que se pueda acceder a la propia identidad. La adolescencia, en efecto, es la edad en la cual el sujeto debe decidir sobre sí. El pasaje da la edad menor a aquella adulta no es posible en la forma de un crecimiento progresivo, que resulte del desarrollo de todas las facultades; es necesario en vez decidirse. Y nunca, como en esta edad, la decisión aparece como un corte, como un pasaje neto y puntual. No por casualidad, la adolescencia aparece hoy muy prolongada en el tiempo, incluso con el riesgo de transformarse en interminable.
El carácter interminable de la adolescencia es el rasgo tal vez que más califica la era postmoderna; y es el rasgo más preocupante. En un tiempo la adolescencia tenía la fisonomía de un momento concentradísimo de pasaje; hoy en vez, es un tiempo extendido, que caracteriza incluso una condición social. Tal condición es, más precisamente, aquella de la marginalidad social; el adolescente mantiene una reserva en relación a realizar una alianza que tiene la sociedad de los adultos.
Al adolescente le cuesta llegar a ser adulto. Pero más radicalmente no desea serlo. La perspectiva se le aparece a sus ojos como un destino que ciertamente al final será inevitable, pero no es de ningún modo atractivo. La cultura moderna estaba caracterizada del ideal de la edad adulta; la post-modernidad aparece marcada, en vez, por el principio “adulto desagradable”. Las decisiones, que deberían sancionar el final de la adolescencia, levantan objeciones sin fin. Pienso, sobre todo, a la decisión matrimonial; la relación afectiva entre chicos y chicas es vivida, hoy, ya en una edad precoz, pero ello no está acompañado del deseo por el matrimonio; es buscada, en vez, como remedio a lo provisional del presente. Siempre más frecuentemente se da la elección de la convivencia; es la que aparece la más obvia, la única racionalmente practicable, por el momento. Después se verá… Incluso la elección de la profesión es solo después de muchas elecciones preliminares, hechas a título de experimento.
Bajo el fondo del rechazo de la edad adulta por parte de los adolescentes están razones complejas, ligadas a los rasgos generales de la vida: pienso a su casi ingobernable complejidad, a la necesidad prolongada de la escuela, a los largos tirocinios que impone el mismo aprendizaje de un oficio. Pero están también razones de carácter propiamente culturales, ligadas a la figura que la cultura pública propone de la vida plena. Ella propone, en efecto, modelos experimentales, que son muy similares a aquellos propios de la adolescencia. En tal sentido, faltan a los adolescentes modelos de identificación para pasar a la edad adulta.
En el caso de los adolescentes, para hacer elecciones irrevocables falta la persuasión. En el caso de los adultos falta una justificación de los principios. ¿Por qué nunca debería hacer elecciones irrevocables? La respuesta a la pregunta debería aparecer rápidamente clara: la vida es una sola y termina; prima que el tiempo se la lleve es necesario decidirse, para no perderla. Esta respuesta, de por sí obvia, hoy no aparece en efecto tal. La vida es pensada, y luego también vivida, como una posibilidad siempre abierta y sin vencimiento; sin muerte.
Quien es adulto -así se dice- puede a lo sumo proponer un testimonio; los hijos mismos deberán después elegir. También bajo tal rasgo el defecto de los modelos adultos hace el pasaje a tal edad sobre todo impreciso, luego poco apreciado.
Vemos aquí el principio radical que precede a la decisión que marca el paso a la edad adulta: para realizar esta decisión es necesario confiarse a una palabra, a una autoridad, más que humana. La amenaza máxima a nuestra libertad viene hoy, no de la miseria o de la coacción, sino del defecto de evidencia de esta autoridad, la cual solo acepta el don de la vida.

Juventud
La virtud característica de esta edad es la fortaleza; más precisamente, el coraje, y por lo tanto, una actitud casi de desafío a todo lo real. Bajo este rasgo, ofrecen una clara imagen de esta edad del espíritu las palabras de exhortación que Dios mismo dirige a Josué en su libro: (Josué 1, 6-9)
El tipo de ideal del joven es de la persona que desafía la vida. Recurriendo a un estereotipo literario moderno, el joven es como un cow boy, que parte hacia una tierra desconocida; que esa tierra sea desconocida no es de ningún modo una razón para desalentar su partida. El joven es idealista; el ideal que lo sostiene -es necesario rápidamente precisar- no tiene la consistencia de una idea, sino más bien aquella de la memoria épica, propiciada por el testimonio de los padres. También en tal sentido aparece iluminada la figura de Josué, estrictamente ligada a la heredad de Moisés.

Madurez
La fortaleza es la virtud característica también de la edad adulta, entendida todavía en tal caso como constancia más que como coraje. La prueba típica, con la cual debe cimentarse la persona en la edad madura, es aquella del cimiento con la complejidad de lo real. Bajo el rasgo psicológico es fácil relevar una atenuación del impulso idealista de la edad precedente. Tal atenuación dispone las condiciones para una tentación, aquella de conformarse con poco.
En relación con esta tentación la fortaleza de la edad madura asume el rasgo característico de la perseverancia. No se debe entender la perseverancia como una cierta constancia obtusa y apagada; debe en efecto, garantizar el buen vino, y por lo tanto la alegría de vivir hasta la última hora de la vida.
Es posible reconocer alguna razón de congruencia entre esta imagen de la madurez y aquella expresada por la metáfora de la mayoría de edad usada para definir el ideal del hombre moderno; pero mayores son las diferencias. La metáfora de la mayoría de edad privilegia el rasgo de la autonomía del adulto; entiende, por otro lado, tal autonomía solo por negación; negada es la independencia de la guía de los otros; afirmada es, por lo tanto, la emancipación de la tradición gracias a los recursos ofrecidos por la propia razón. En realidad la autonomía del adulto está ligada a su capacidad de apropiarse de las tradiciones; o también de encontrarse a través de la tradición con aquello que le es propio. Esta apropiación puede ser realizada únicamente a precio de discurrir a través de la tradición, y más allá de ella, aquella verdad religiosa, a la cual esa objetivamente apunta. Imagen paradigmática del adulto es en tal sentido el padre; para llegar a ser padre, él debe no depender más de un padre sobre la tierra, pero sí de Aquel que es padre desde el origen: Escribo a ustedes padres, porque han conocido a aquel que es Padre desde el inicio (1Jn 2,13).

Vejez
La fortaleza parece ser la virtud también de la edad extrema de la vida. La fortaleza, en efecto, es la virtud propia de la libertad. Y no obstante, que cosa sea la libertad puede ser dicha solamente a través del drama; como acontece para cada edad precedente, para cada estación del camino de la libertad, también la estación suprema no puede ser entendida como mera confirmación de una figura definida a priori; esa concurre en vez a determinar aquella figura sintética de la libertad, que, en cada estadio, aparece incompleta e inalcanzable.
En la decisión planteada del pasaje de la vejez, y por lo tanto, del pasaje de la muerte, en vez, el sujeto no es el artífice del propio futuro; al futuro el debe simplemente entregarse. Bien interpreta la verdad espiritual de la edad senil las palabras del viejo Simeón: “Ahora Señor deja que tu siervo descanse en paz según tu palabra, porque mis ojos han visto a tu Salvador” (Lc 2, 29-30)
Estas palabras del viejo Simeón muestran como el despego no pueda ser entendido como una interrupción; sino que asume la figura del cumplimiento. Solo porque mis ojos han visto su gracia, puedo caminar con confianza hacia lo que está más allá de lo que los ojos pueden ver. La tarea de la vejez es -si así podemos paradójicamente expresarnos- la definitiva adopción de la vida ya vivida, no en vez aquello patético y trágico de sumar algo más a la vida vivida.
Bien resumen esta tarea de la vejez las palabras de 2 Timoteo, que articulan una suerte de testamento de Pablo: (2 Tim 4, 6-8)

 

3. Epílogo.
La cultura de nuestro tiempo, sobre todo aquella expresada en los modelos de vida propuestos por el imaginario público, por las representaciones fugaces, “democráticas” y amigable, del palabrerío hecho desde las plazas públicas, alimenta una representación de la vida según el modelo de la adolescencia. El sujeto se busca a través el eterno experimento. Él rechaza el presunto despotismo de la ley, y junto con ello las incongruentes cadenas de la promesa que compromete para siempre. La cultura de nuestro tiempo alimenta una visión estética de la vida, entendida como la visión en fuerza de la cual el sujeto sería condenado a buscar, a través de la siempre renovada sensación, a través de la siempre renovada experiencia pasiva de la gratificación, la confirmación de un camino sin meta precisa.
El remedio a tal visión adolescente de la vida exige que se aclare la figura escatológica del tiempo de la vida humana. La cual gravita hacia un tiempo cumplido. Esto es, en última instancia, el tiempo de la salvación, cierto; pero aquel, a duras penas, puede ser calificado como un tiempo. Antes de ser tiempo de salvación, el tiempo pleno de la vida humana es aquel en el cual solamente es posible la decisión. La figura de este tiempo pleno es eficazmente expresada por la famosa formula del evangelio de Marcos: El tiempo está cumplido y el reino de Dios está cerca, conviértanse y crean en el evangelio (1,15). Solamente la plenitud del tiempo permite la fe y la conversión. Y la plenitud del tiempo es cierto solo aquella realizada gracias a la presencia del Hijo de María entre los hombres.
Para entender tal figura del tiempo pleno es necesario reconocer las prefiguraciones que de ello ofrece la dilatación temporal de la vida de cada nacido de mujer; y más precisamente la configuración de la identidad del sujeto a través el pasar de la edad. Aclarar esta trampa es condición esencial para comprender el misterio del Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a aquellos que estaban bajo la ley, y para que recibamos la adopción de hijos (Gal4, 4-5) Es condición esencial para que la fe en el misterio del Hijo llegue a ser fecunda en orden a la comprensión del misterio presente en el drama de cada hombre nacido de mujer, de cada hijo que llega a ser hombre.

Extractos de la conferencia del prof. Giuseppe Angelini publicada en J.J. Perez Soba - Oana Gotia, Il cammnino della vita: L’educazione una sfida per la morale, Lateran University Press, Citta del Vaticano - 2007 El texto completo se encuentra en el libro citado en lengua italiana. Hemos traducido los párrafos más significativos para hacer accesible su contenido esencia al lector de lengua española.

Docente de teología moral de la Facultad de Teología de Italia Septentrional. Milán

“Cuando era más joven se hablaba mucho del siglo del niño. Pero ¿ha terminado? Esperemos que haya pasado tranquilamente su tiempo. Desde entonces hemos tenido algo así como el siglo del joven. Pero díganme, ¿cuándo comenzará el siglo del adulto? Me parece que aquí algunas preguntas permaneces sin respuesta. No obstante nuestra conciencia de niños además de aquella de jóvenes, permanecerá fragmentada (para ellos como para nosotros) si no sabemos en que cosa ellos se conviertan o incluso que cosa queremos ser - o haber sido - nosotros mismos. Sin este conocimiento nos sentimos vagamente culpables, ya sea que seamos permisivos o por el contrario severos. Sintiéndonos culpables excederemos ambos sentidos. Digámoslo claramente, ninguna prueba estadística y ninguna tabla de componentes buenos y malos para niños y para jóvenes, nos dirá nunca como ser nosotros mismos, cosa esta que para ambos parece ser la más importante.” E. Erikson, Aspetti di una nuova identita, (1973) Armando, Roma 1975, 129.

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