El amor: encuentro con un evento

El amor: encuentro con un evento .
Livio Melina

 

1. Ovuverture.
“El hombre no puede vivir sin amor. El permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida permanece sin sentido, si no le es revelado el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio, si no participa vivamente.” Así Juan Pablo II, en la encíclica de inauguración de su pontificado Redeptor hominnis (10), había indicado el valor existencia del amor para el ser humano, la centralidad de la experiencia del amor para el destina de la persona.
Hablando de la visión teológica de Han Urs von Balthasar, el teólogo Joseph Ratzinger había afirmado que el problema no es solo teológico, sino pastoral de la Iglesia hoy es aquel de “favorecer el encuentro del hombre con la belleza de la fe”
El cristianismo no es sobre todo una doctrina para estudiar  (logos) o una ética para aplicar (ethos): es un evento de amor que fascina con el esplendor de su incomparable belleza, porque revela el amor de Dios, que nos sale al encuentro en Cristo. Este es, en efecto, el evento del cual se habla: “Dios ha querido tanto al mundo de dar su Hijo unigénito para que cualquiera que crea en él tenga vida eterna” (Jn 3,16) Y no hay algo más bello que ser alcanzado, sorprendido por el Evangelio, por Cristo” De esta manera la tarea del pastor, auque pueda aparecer fatigoso, es en definitiva bello y grande, porque en realidad es un servicio bello y grande, porque en realidad es un servicio a la alegría de Dios que quiere hacer su ingreso en el mundo.” (Homilía de inauguración de la misa de inauguración del pontificado, 24 de abril 2005) Benedicto XVI pretende llevarnos a la frescura y la simplicidad de un evento, que sorprende, que abre un nuevo horizonte, que da a la vida una dirección nueva y decisiva: aquella determinada por el descubrimiento del amor del Padre, que nos vino al encuentro en Jesús.
Por otro lado, el inicio del amor, que brota de la herida de la belleza, no puede permanecer un instante estético, que se agota en sí mismo. Por su naturaleza misma es principio de un movimiento hacia la plenitud. “El amor es éxtasis pero éxtasis como camino” (DCE 6) hacia una plenitud, que en el evento inicial tiene el carácter de una promesa, y que por su índole íntima urge hacia el cumplimiento. Pero ¿cual es el origen, cual es su naturaleza, cual es la dinámica de un camino tal, que es “camino del amor”? E aquí las indicaciones de las piedras milenarias que indican la dirección del camino, mostrando como el evento, por tocar la realidad concreta del hombre comporte también una estructura humana, en la cual sea acogido e integrado.

2. El amor como respuesta: El origen del amor.
“¿Dónde nace el amor? ¿Donde esta su origen y su fuente? ¿Dónde el lugar que lo contiene y del cual emana? Si, este lugar esta escondido, o sea está en lo secreto, es un lugar escondido en lo íntimo del hombre. De este lugar surge la vida del amor, porque “del corazón procede la vida” (Prov 4,23)
Blondel ha observado que nuestros deseos muchas veces esconden nuestros verdaderos deseos. ¿Que es lo que verdaderamente deseamos, cual sea el objeto de nuestro amor permanentemente insatisfecho?
Aflora así la ambigüedad íntima del deseo: por un lado es memoria y nostalgia del infinito, deseo de estrellas, por otro lado es un replegarse inquieto y siempre insatisfecho hacia el infinito, incapaz de saciar la sed del corazón. Confiado solo al deseo el amor parece perderse como un sueño irrealizable. No obstante el deseo sabe algo de lo que busca ineludiblemente, sin poderlo representar. “Amor praecedit desiderium” el deseo es precedido por el amor, afirma Santo Tomás de Aquino, hablando del orden de las pasiones entre sí (STh I-II, q25,a2). Antes de la tensión hacia el amado hay, por lo tanto, una pasión que se sufre por parte de una realidad externa, que influye sobre nosotros provocando el deseo. Para desear es necesario amar: “desiderium ex amore” (Contra Gentiles IV, 54, n. 3926). Hay una prioridad ontológica del amor sobre el deseo y sobre cualquier otra pasión, de modo que el amor es la raíz primera y común de cada acción.
El amor humano, en su dimensión apetitiva, es siempre una respuesta a un primer amor que nos es donado. ¿Qué cosa es, por lo tanto, este amor originario? Aquí no se trata solo del amor natural entendido como principio metafísico del movimiento de todas las criaturas hacia el Bien perfecto, del cual ellas provienen y que aman naturalmente más que sí mismos. Se trata, más bien, del amor como principio de un movimiento afectivo, en tensión, a la unión con el objeto amado.

3. El realismo del amor y el movimiento de la afectividad.
Debemos ahora seguir la dinámica afectiva del amor, que provoca en el amante un movimiento dirigido al encuentro pleno con el amado: “pro-voca”, es decir, llama a andar adelante, invitando a la liberta a aquel don de sí en el cual el amor encuentra su verdad última.  En efecto “El hombre, que sobre la tierra es la única criatura que Dios ha querido por sí misma, no puede reconocerse a sí misma si no es a través del don sincero de sí.” (Gaudium et spes 24)
Desde el momento que para el amor son necesarios los dos polos: el amante (el sujeto del amor) y el amado (el sujeto percibido como amable), ello no se manifiesta solo como un impulso, sino como una original unión afectiva.
El amor no puede conformarse con el nivel intencional de la unión con el amado: para ser fiel a su cumplimiento, debe buscar la unión real. Es esta unión real, en efecto, que se presenta como conveniente.

4. La persona y el amor.
El evento del amor, nos recuerda Benedicto XVI, es siempre el encuentro con una persona. Como afirma la encíclica, hablando del Cántico de los Cánticos: “la experiencia del amor…se convierte en verdadero descubrimiento del otro, superando el carácter egoísta antes claramente dominante” (DCE 6). La intencionalidad del amor tiene como su término propio una persona, sea ella o mi mismo. “El amor es nombre de persona” afirma Santo Tomás de Aquino (STh I, q37, a.1) Podemos amar las cosas que deseamos solo en referencia a otra persona, que amamos, mientras es solo la persona que podemos amar por sí misma.

 

5. El bien como mediación del amor.
A este punto no es posible arribar sin la referencia a una verdad sobre el bien, intrínseca al amor, capaz de dirigir nuestras acciones, haciéndolas adecuadas a realizar el amor como efectiva promoción del otro y construcción de la comunión entre personas.
El amor, en efecto, tiende al mismo tiempo, no a un solo objeto, sino a dos objetos: a la persona, con la cual se desea entrar en comunión real, y el al bien, que se desea para ella y que constituye la mediación necesaria del amor en el obrar.

 

6. El dinamismo del amo.
Benedicto XVI llama la atención con claridad que a partir del encuentro debe desarrollarse un itinerario de crecimiento y de purificación del amor, que lo lleve a su cumplimiento.
Se abre aquí de nuevo la perspectiva moral del amor, cuya suerte es confiada a la libertad. La moralidad del amor significa, en efecto, hacerse cargo de las relaciones, emprender un trabajo sobre los afectos, que permita realizar la afirmación del otro en lo concreto de la vida, en la dimensión del tiempo, es decir, en la fidelidad, en la maduración y en la responsabilidad de fructificar. Se entiende así como el amor puede ser también un mandamiento.

7. La libertad en el amor.
Es en efecto solo en la libertad que se puede amar. “La libertad es el bien más grande que los cielos nos han donado” según la conocida sentencia de Miguel e Cervantes en el Don Quijote. Pero la libertad del hombre encuentra su sentido completo en estar orientada al amor. Solo en la libertad se puede amar verdaderamente y, por otra parte, solo cuando se ama se es libre de en serio.

8. El camino del testimonio.
Se puede entender así el camino que Benedicto XVI propone a la Iglesia hoy para la evangelización. Solo el amor es creíble, decía, hace más de cuarenta años atrás el gran teólogo suizo, Hans Urs von Balthasar, poniéndose la cuestión de la esencia del cristianismo. La ouverture de este pontificado nos invita a sintonizarnos con este centro vivo, que no es una doctrina, ni una ética, sino una experiencia a testimoniar.
En efecto, “el Señor siempre de nuevo nos viene al encuentro a través de hombres en los cuales Él se muestra.”(DCE 17)


Extractos del artículo publicado en Melina - Anderson, La via dell’amore. Riflessioni sull’encliclica Deus Caristas est di Benedetto XVI, Istituto Giovanni Paolo II, Città del Vaticano - 2006, El texto completo se encuentra en el libro citado en lengua italiana. Hemos traducido los párrafos más significativos para hacer accesible su contenido esencia al lector de lengua española.

Presidente del Pontificio Istituto Giovanni Paolo II. Ordinario de Teología moral fundamental, sección central, Roma.

J. Ratzinger, In cammino verso Gesù Cristo, San Paolo, Cinisello Balsamo (MI) 2004, 31.

 

 

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