El escultor o aprender a hablar cristianamente

El escultor o aprender a hablar cristianamente1 .
Stanley Hauerwas 2

 

1. Aprender el oficio de escultor.
Según mi opinión, para comprende el rol que puede desenvolver la teología en la educación -o como prefiero decir, en la formación moral- es necesario dirigir la atención al adiestramiento necesario para aprender un oficio como aquel del albañil. Temo, en efecto, que muy seguido la educación sea interpretada como la tarea de enseñar a los estudiantes a penar. Además que, el pensamiento es considerado una actividad lingüística. Es cierto que la educación comporta también aprender a penas, es verdad que pensamos en términos lingüísticos; pero es importante no considerar el pensamiento como algo que se da en nuestra mente. En estas páginas espero analizar el lenguaje utilizado por dos escultores para reflexionar sobre su oficio, y con ello demostrar porque aprender a pensar -como también aprender un leguaje constitutivo del pensamiento- deba ser considerado un trabajo manual.
Si queremos recabar una comprensión determinada de la colaboración que la teología puede dar a la formación de los cristianos, pienso que la cosa mejor sea pensar la educación como una enseñanza del oficio del escultor, más que como la enseñanza solícitamente impartida por una institución académica 3 . Esto es verdadero en particular cuando la educación se refiere a formar la persona en hábitos lingüísticos que hacen posible las virtudes constitutivas de la tradición cristiana. El problema de los conocimientos frecuentemente impartidos por nuestras escuelas y que, en un ambiente tal, las convicciones cristianas no pueden ser presentadas sino como informaciones. Pero las informaciones, por su naturaleza, no sirven a desarrollar un trabajo, y por lo tanto, permanecen abiertas a distorsiones ideológicas.
El hecho de que el aprendiz adquiera las virtudes en el proceso de aprender los rudimentos de tallar la piedra tiene implicaciones importantes para una justa comprensión de la educación. No solo debe ser una jerarquía de competencias con el cual el estudiante es iniciado, sino que tales competencias deben ayudar al estudiante a adquirir la capacidad de hacer aquello que de otra manera no sabría hacer. En consecuencia, los estudiantes podrán descubrir que el saber, al menos aquel asociado a la teología, nos impone de transformar nuestra vida. Pero el mejor modo de comprender esta transformación es en retrospectiva, porque precisamente las virtudes, adquiridas aprendiendo la historia, son necesarias para comprender lo que nos ha sucedido. De este modo las virtudes no imponen llegar a ser virtuosos para reconocer que llegamos a ser virtuosos.
La educación así entendida se hace imitando a un maestro pero, para aprender de un maestro, la clave es aprender cuando es oportuno apartarse de aquello que se ha asimilado del maestro. La innovación es necesaria porque no hay dos piedras idénticas, y ninguna historia significativa termina. Para reconocer el desafío, la diferencia que esta o aquella piedra puede presentar, el escultor debe aprender la “gramática de la piedra”. La lengua no es constitutiva solamente de la práctica de tallar la piedra, sino de cualquier práctica significativa. Como un maestro escultor instruye a su aprendiz por medio de las anécdotas del oficio, así cualquier maestro debe ayudar al estudiante a aprender a decir que cosa hace. Para que el aprendiz pueda a su vez llegar a ser maestro solo reconociendo su vida en y a través de las narraciones que han plasmado su formación.
Según MacIntyre, Platón y Aristóteles sostenían que fuese necesaria una polis, una comunidad política, para crear el contexto para las disciplinas necesarias para la adquisición y al ordenamiento de las virtudes. Pero siempre según MacIntyre, Platón y Aristóteles admitían ellos mismos que una polis tal no existía. Más aún, la Academia y el Liceo fueron intentos de crear escuelas filosóficas que pudieran absolver sus funciones. No obstante ninguna escuela puede desarrollar la tarea de la polis. MacIntyre sostiene que hoy, nos encontramos de frente a la misma situación en la cual se encontraban Platón y Aristóteles. Como consecuencia, buscamos de colocar una cosa llamada “educación” en el lugar de aquello que solamente una tradición puede hacer.

 

2. Aprender la gramática de Cristo.
Desde el punto de vista cultural lingüístico, la fe religiosa es vista como semejante a un lenguaje con un correlato en un modo de vivir. Ser cristiano, desde este punto de vista, no es como aprender otra lengua, sino más bien es aprender otra lengua.
Más que buscar describir la fe en conceptos nuevos, deberíamos en vez de buscar enseñar el lenguaje y la práctica de la fe. Observa Lindbeck:

Esto ha sido el principal modo a través del cual las religiones han transmitido la fe y obtenido conversiones a través de los siglos. Por ejemplo, en los albores de la Iglesia cristiana, estaban los gnósticos y no los católicos los más inclinados a redescribir los materiales bíblicos en un nuevo contexto interpretativo. Por lo demás, los paganos convertidos a la fe católica no entendían primero la fe y después decidían llegar a ser cristianos. Cumplían en vez el proceso inverso: primero decidían y después entendían. Más precisamente, antes de todo eran atraídos por la comunidad y de la forma de vida cristiana. Los motivos de tal atracción iban de motivos nobles a aquellos innobles, y eran distintos según cada persona; pero cualquiera que fuese la motivación, ellos se sujetaban a una instrucción catequética prolongada, en la cual practicaban nuevas modalidades de comportamiento y aprendían las historias de Israel y su cumplimiento en Cristo. Solamente después de haber alcanzado un buen conocimiento del lenguaje y de la forma de vida cristiana, a ellos extraña, eran juzgados capaces de profesar la fe en modo inteligible y responsable, y de ser bautizados 4 .  

Así, como Vincent y Roger 5 han debido aprender la lengua del tallado de la piedra para poder llegar a ser escultores, los cristianos deben aprender el lenguaje de la fe si deseamos tallar, y por lo tanto, ser tallados, para ser Cristo el uno para el otro y para el mundo. El vocabulario es todo. En nuestro tiempo pocas tareas son más importantes que aquella de enseñar el lenguaje de la fe. Pero como hemos visto en el caso de Roger y Vincent, el lenguaje debe ser constitutivo del trabajo a realizar. No es que el lenguaje es un medio para el trabajo: el lenguaje es el trabajo a realizar. Lo que decimos, en cuanto cristianos, no se puede separa de la práctica de un pueblo llamado Iglesia.
Desde hace algún tiempo, muchas personas -sea cristianos como no cristianos- no creen más que las palabras que usan los cristianos hagan un trabajo significativo. En esta situación, algunos son tentados de pensar que la tarea del teólogo sea elaborar teorías del sentido, para mostrar que aquello que dicen los cristianos tiene un sentido también si el lenguaje no hace ningún trabajo. En contra, yo sugiero que la tarea del teólogo, que puede ser o no ser un maestro escultor, pero al menos debe saber que significa ser un maestro escultor, sea dirigir la atención hacia aquellos maestros de la fe cuya vida estuvo plasmada de la gramática de Cristo.
Por último, entre las obras buenas que han sido dadas a los cristianos, está la oración. Todo el lenguaje cristiano es verificado en base al único trabajo que nos fue dado en cuanto criaturas de Dios. Este trabajo podemos llamarlo liturgia, que es el trabajo de la oración. Y nosotros, como Vincent y Roger, aprendemos la alegría del trabajo que nos fue dado, nuestro trabajo será cantado. En verdad, el lenguaje del cristiano, las historias que hacen de nosotros que somos cristianos, deben ser cantadas porque el lenguaje de nuestra fe es el acto mismo de testimoniar al maestro que ha compartido el don: Padre, Hijo y Espíritu Santo. La educación cristiana comienza y termina en la alabanza a Dios.


Extractos de la conferencia del prof. Stanley Hauerwas publicada en J.J. Perez Soba - Oana Gotia, Il cammnino della vita: L’educazione una sfida per la morale, Lateran University Press, Citta del Vaticano - 2007 El texto completo se encuentra en el libro citado en lengua italiana. Hemos traducido los párrafos más significativos para hacer accesible su contenido esencia al lector de lengua española.

Professor of Theological Studies, Duke University Divinity Scohool, Dirham, NC, USA.

Naturalmente se objetará que la tarea de la universidad no es enseñar oficios artesanales. Aquello que yo intento sugerir, por una parte, es que el oficio de escultor constituye una analogía útil que nos ayuda a pensar como se desarrollan las disciplinas intelectuales en la universidad. No obstante,, invocando esta analogía no pretendo de ningún modo disminuir la rigurosa disciplina y el mérito intelectual de aprender un oficio artesanal como es aquel del escultor. Es más, diría que este oficio podría ser enseñando en la universidad, donde tal disciplina serviría para enseñar y a preservar una  particular tradición. Llamando la atención sobre el oficio del ESCULTOR, por lo tanto, intento contestar la tesis según la cual la educación sería el mero transferir información de un “experto”  a un “no experto”. Haciendo esto, pongo en discusión el modelo de universidad o de escuela donde los bienes del “conocimiento” se obtienen a través de la adquisición, por parte de los estudiantes, de disciplinas intelectuales, como si se podría a comparar una “disciplina” mediante los esfuerzos de un individuo aislado. Esto no es solo una observación sobre la pedagogía, sino que se dirige a la naturaleza misma del conocimiento que cualquier institución que desee llamarse cristiana.

George Lindbeck, The nature of doctrine: Religión and theology in postliberal age, The Westminster Press, Philadelphia 1984, 132.

Son dos escultores del cual el autor del artículo describe como fueron aprendiendo el oficio a través de toda una tradición. (nota del traductor)

 

 

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