La génesis de la experiencia moral en algunos escritos
de San Agustín y San Juan de la Cruz

La génesis de la experiencia moral en algunos escritos de San Agustín y San Juan de la Cruz.

“El itinerario del encuentro entre Dios y el hombre se realizará bajo el signo del amor.”
Juan Pablo II, Audiencia General, 5-VII-2000

1. ¿Cuál teología moral?
Al indagar sobre la génesis de la experiencia moral debemos antes preguntarnos a que moral estamos haciendo referencia.
La moral no tiene su origen en la pregunta por lo que el hombre es, sino en la pregunta por cómo debe obrar y por la perfección que a él le es propia1 . La respuesta, como señala Pinckaers, no parece ser patrimonio exclusivo de especialistas “pues ocurre que sabios y entendidos yerran allí donde los simples comprenden y van derechos al blanco. Quizás la moral sea la ciencia que une más a los sabios con los humildes, un saber donde todos necesitan a otros, donde se pueden enriquecer mutuamente con los frutos de la experiencia.”2 Esta constatación nos revela que la moral es algo que tiene que ver con toda la persona y no solo con su capacidad intelectual, que está en relación con el hacer humano y, por lo tanto, con la capacidad de autodeterminación del sujeto y, por último, que es algo que se relaciona con el bien de la persona.
Pero volviendo a nuestra pregunta, debemos decir que el problema de los distintos enfoques de la moral está dado en el objeto formal de la definición. La teología moral estudia los actos humanos a la luz de la revelación, pero ellos se pueden abordar desde puntos de vista muy distintos. Un primer intento es considerar los actos humanos desde el punto de vista de la ley, sus mandatos y obligaciones que de la ley se derivan. Otra perspectiva puede ser el estudio de los actos humanos para acomodarlos al deber y a las normas que nos imponen la razón y la voluntad de Dios, otra el estudio a partir de los valores morales racionalmente fundamentados. Una cuarta posibilidad es el estudio de los actos humanos sobre la base de una ponderación de bienes y males premorales en vista a lograr el mayor bien humano posible. Por último podemos considerar la teología moral como la parte de la teología que estudia los actos humanos para ordenarlos a la felicidad verdadera y al fin último del hombre, por medio de las virtudes y los dones del Espíritu Santo, a la luz de la Revelación. “En esta concepción, la cuestión de la verdadera felicidad o del verdadero bien del hombre, como el fin último al que está ordenado, ocupa el principio y el fin de la moral, antes y por encima de la cuestión de las obligaciones, de los preceptos y de las normas. Tenemos ante nosotros una moral de la atracción por lo verdadero y lo bueno, antes que una moral del imperativo y la obligación.”3
Por lo tanto al preguntarnos por la génesis de la experiencia moral nos estamos refiriendo a este último enfoque de la moral, es decir, a la moral de la vida buena.

2. La génesis de la experiencia moral: El origen del deseo.
En el origen de toda pregunta moral se haya un encuentro personal que hace a forjar la propia identidad humana. Si la pregunta moral es puesta como aquella que se interroga sobre la realización del sujeto, es decir sobre su felicidad, a partir de su obrar, que lo autorealiza, dicho obrar solo se puede comprender a partir de la experiencia de un encuentro.
La acción no es simplemente expresión de la facultad espiritual del hombre, es también realización del sujeto persona, único e irrepetible. En la acción todo el hombre está involucrado en su aspiración al bien.
En el origen de la acción parece ser que está una ausencia y, por lo tanto, un deseo, y es en la voluntad donde el deseo se expresa y se hace realidad4 (desiderum nihil aliud est nisi inclinatio voluntatis ad aliquod bonum consequendum)5 El hombre descubre en sí mismo que su voluntad clara y determinada está siempre precedida de un querer más radical e indeterminado, el cual se haya abierto al infinito.
La aspiración a una realización total habita confusamente en la búsqueda inquieta del corazón humano, el cual en cada cosa amada desea aquel bien absoluto que solo la hace feliz. Preguntarse sobre el bien es en última instancia preguntarse por Dios, lleno de bondad. El deseo que habita en nosotros es el de conocer a Dios y de gozar de su comunión6 . El deseo humano no anhela una cosa o una persona sino un bien práctico, es decir, una acción: conocer a Dios y, por ello, el término último de la aspiración es la relación con una persona libre y no con una cosa.
Ahora bien, el deseo es precedido de una realidad más originaria. El movimiento del obrar está originado por una atracción padecida por parte de una realidad externa que influye sobre nosotros suscitando el deseo7 . En definitiva se desea porque se ama y se ama porque se es amado previamente. Santo Tomás dirá: “Omne agens, quodcumque sit, agit quacumque actionem ex aliquo amore.8 Existe una prioridad ontológica del amor sobre el deseo y sobre toda pasión, de modo que el amor es la raíz primera y común de toda acción9 . Entre todas las operaciones espirituales el amor se distingue por una característica específica, que es la de dirigirse tanto al amado como el bien del amado. En otros términos, el nivel afectivo de la pasión es asumido y superado y el nivel electivo de un acto que quiere el bien dentro de una dinámica de relación interpersonal.
Si es el bien que mueve el deseo y provoca la acción, este bien ejercita su causalidad dentro de la dinámica del amor entre dos sujetos. Para poder atraer, el bien debe ser conocido y, en alguna medida anticipado en una correspondencia mutua. Debe existir, por lo tanto, una unión que precede y provoca el deseo de la unión, como señala Santo Tomás “unio praecedit motum desideriit10 . Pero ¿si la unión es el fin hacia el cual el amor tiende, cómo puede ser también su principio? Santo Tomás propone una fundamental distinción entre unión real, que consiste e la efectiva comunión entre el amado y el amante y la unión afectiva que es en vez aquella unión intencional, experimentada como una promesa originaria de cumplimiento, la cual precede y provoca cada movimiento teso a conseguir la unión real con el amado .
El amor se presenta así como un don originario que da principio al deseo el cual, al mismo tiempo, se muestra como una promesa de comunión real con el amado. En el amor de amistad se revela finalmente lo que el deseo busca mediante la acción, es decir, la persona del otro, con la cual unirse y donarse en la memoria del don originario, teso a la realización de una comunión perfecta. El deseo tiene así carácter de éxtasis, es decir de vocación al amor.
La novedad de este análisis se encuentra en verificar una unión entre el amante y el amado que precede el momento electivo y que orienta todo el acto humano sucesivo como una corriente subterránea. Este hecho ilustra una verdad anterior a la elección. Esta verdad está en referencia a una relación interpersonal con un valor moral en sí mismo que fundamenta la experiencia moral original. Es decir una presencia personal del amado en el amante que revela el fin propio de la acción el cual se debe comprender a partir de la unión del amante y el amado que iniciada en el afecto desea realizarse en la acción. El encuentro no es un fin sino que indica una dirección que se debe realizar, el fin del encuentro es establecer una comunión en donde la presencia se haga recíproca en la mutua aceptación .
De este modo tenemos las tres fases de la estructura de la acción: presencia, encuentro y comunión. Nos propondremos a continuación presentar y reconocer en algunos textos de San Agustín y de San Juan de la Cruz la primera fase de la experiencia moral, es decir la presencia del amado en al amado, es decir, la unión afectiva, que da origen a la experiencia moral plasmada en el deseo por la realización de la comunión real con el amado.

3. San Agustín.
El primer texto corresponde al sermón XXXIV y dice así:
“Nemo est qui non amet: sed quaeritur quid amet. Non ergo admonemur, ut non amemus: sed ut eligamus quid amemus. Sed quid eligimus, nisi prius eligamur? Quia nec diligimus, nisi prius diligamur.” Más adelante, en el mismo sermón leemos: “Nos diligimus, quia ipse prior dilexit nos (1 Io 4,10). Multum enim dederat homini, quamdoquidem de Deo loquebatur, dicendo. Nos diligimus. Qui? quem? Homines Deum, mortales immortalem, peccatores iustum, fragiles immobilem, factura fabrum. Nos dileximus: et hoc unde nobis? Quia ipse prior dilexit nos. Quere unde homini diligere Deum: nec invenies omnino, nisi quia prior illum dilexit Deus. Dedit se ipsum quem dileximus: dedit unde diligeremus.” 14
En estos pasajes podemos ver claramente como la elección, corazón de la acción moral, se dirige a un objeto movida por un deseo o amor. Dicho deseo o amor posee como contenido la misma experiencia del amor experimentado anteriormente a un nivel afectivo, el cual ahora se desea alcanzar a un nivel real.
El mismo concepto, es decir la génesis del deseo en la gratuidad del amor de Dios que se anticipa al sujeto lo podemos encontrar en el libro de las confesiones: “Vocavisti et clamasti et rupisti surditatem meam, coruscasti, splenduisti et fugasti caecitatem meam, fraglasti, et duxi spiritum et anhelo tibi, gustavi et esurio et sitio, tetigisti me, et exarsi in pacem tuam.”15 Aquí el Santo expresa el origen del deseo utilizando la metáfora de los sentidos que excitados por sus objetos propios ahora ausentes reclaman dicha presencia. Podemos ver nuevamente la estructura de la acción como presencia afectiva del amante y génesis del deseo por la comunión con él.


4. San Juan de la Cruz
Pasando al San Juan de la cruz podemos ver reflejado el origen del deseo por la comunión con el amado en la primera canción de Cántico espiritual y en la explicación que el mismo autor da a la misma: “¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste habiéndome herido; salí tras ti clamando, y eras ido.” 16
Al analizar el verso “Amado, y me dejaste con gemido” dice el autor: “Es de notar que la ausencia de el Amado causa continuo gemir en el amante, porque, como fuera dél nada ama, en nada descansa ni recibe alivio. De donde en esto se conocerá el que de veras a Dios ama, si con ninguna cosa menos que Él se contenta.” El texto presenta como interesante que nos permite una lectura del concepto de presencia afectiva a través del concepto de ausencia real. En efecto la ausencia real del amado, que supone su presencia previa genera en el amante el deseo por la comunión.
El concepto de presencia afectiva es sucesivamente enriquecido por la noción de herida de amor. En efecto al explicar el verso “habiéndome herido” dice el autor: “allende de otras muchas diferencias de visitas que Dios hace al alma con que la llaga y levanta en amor, suele hacer unos encendidos toques de amor que, a manera de saeta de fuego, hieren y traspasan el alma y la dejan toda cauterizada con fuego de amor; y éstas propiamente se llaman heridas de amor, de las cuales habla aquí el alma.”18 En efecto la herida de amor, en tanto herida es signo de una presencia de algo que estuvo, que aconteció que ahora se halla ausente pero que recuerda su presencia, en este caso es el recuerdo del amor de Dios. De tal modo todo esto que dice el Santo que en “aquella herida de amor que hace Dios a el alma levantase el afecto de la voluntad con súbita presteza a la posesión del Amado.”19 Estas visitas que hace Dios, continua diciendo el autor, “sirven para avivar la noticia y aumentar el apetito y, por consiguiente, el dolor y ansia de ver a Dios.” 20


1.Cf. M. Rhonhiemer, Ley natural y razón práctica. Una visión tomista de la autonomía moral. Eunsa, Pamplona-2000,52.
2.Pinckaers S., Las fuentes de la moral cristiana. Su método, su contenido, su historia., Eunsa, Pamplona-1988, 26.
3.Ibidem, 28.
4.Cf. L. Melina, J. Noriega., Domanda sul bene domanda su Dio., Pul-Mursia – 1999, 92
5.Santo Tomás, Summa Theologicae, III, q. 622, a. 2.
6. Cf. L. Melina, J. Noriega., o.c., 93
7.Ibidem, 94.
8.Santo Tomás, Summa Theologicae, I-II q. 28, a. 6.
9.Cf. L. Melina, J. Noriega., o.c., 96s.
10.Santo Tomás, Summa Theologicae, I-II q. 25, a. 2, ad. 2.
11.Cf. J.J. Perez-Soba Diez del Corral., ¿La interpersonalidad en el amor? La respuesta de Santo Tomás., Pul-GPII, Roma-1997, 17
12.Cf. L. Melina, J. Noriega., o.c., 117s.
13.“No existe nadie que no ame. Pero se debe preguntar por lo que ama, por lo tanto, no se nos invita a no amar sino a que elijamos lo que amamos. Pero ¿Qué sería aquello que elegiríamos sino hubiéramos sido primero elegidos? Ya que no somos capaces de amar sino en la medida en que hemos sido antes amados.” SAN AGUSTÍN., Obras de San Agustín. Sermones 1°., BAC, Madrid-1981, T. VII, 503.
14.“Nosotros amamos. ¿quién? ¿A quién? Los hombres, a Dios; los mortales, al inmortal: los frágiles, al inmutable; la hechura, al hacedor. Nosotros hemos amado. ¿De dónde nos viene esto? Porque él nos amó antes. Busca de dónde puede venir al hombre amar a Dios; ciertamente, no encontrarás motivo, a no ser porque Dios le amó antes. Aquel a quien amamos se entregó a sí mismo. Nos dio con qué amarle” Ibidem, 504
15.“Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y abrásame en tu paz.” San Agustín, Obras de S, Agustín., Bac, (Madrid-1968), Cap XXVII, N° 38, 424.
16.San Juan de la Cruz, Obras completas., Bac, Madrid-1991, 741s.
17.Ibidem, 746.
18.Ibidem, 748.
19.Ibidem.
20.Ibidem.

 

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